Antes de “Independence Day: Resurgence” (2015), segunda parte de la conocida película noventera “Independence Day” (1996), traducida en México como “El día de la Independencia”, el director Roland Emmerich olisqueó sin mucha investigación en los recovecos de la revolución sexual con su película “Stonewall” (2015), cúmulo de clichés y de todos los pecados cometidos en el cine sobre temática LGBTI.

facebook twitter instagram Lucio Rogelio Ávila Moreno

En primera instancia no hay que equivocarnos, el bar Stonewall, lugar icónico donde se llevó a cabo la movilización, prurito de la revolución sexual, es solo un pretexto en la película de Emmerich. La historia es más bien simple y consecuente con los intereses de una sociedad que busca, por medios culturales, demostrar que los homosexuales no son malas personas, sino sujetos discriminados por una sociedad que no les comprende. Es como si diéramos un salto atrás, al cine de los noventa, en la era del pos-SIDA, donde se trataba al homosexual como un cuerpo anormal, una víctima patológica que requiere del abrazo conciliatorio de quien observa.

            La noción, aunque bien intencionada, no deja de ser nociva y contradictoria. Recordemos que la revolución sexual y la movilización en Stonewall no deseaban conciliaciones con una sociedad que les exprimía y que además les tachaba de enfermos proclives a la cura o a la muerte. Lo que ahí se expuso fue un grito de guerra contra toda injusticia, un aspaviento en búsqueda de la sobrevivencia diaria. Como nos dice Beto Preciado en su ensayo “Terror Anal”, hay que reconsiderar que “la revolución homosexual la empezaron las lesbianas, las maricas afeminadas y las travestis, las únicas que necesitaban de la revolución para sobrevivir”, pues no nos engañemos, los gays de culo limpio, bien vestiditos que buscaban mezclarse con la masa y parecer heterosexuales, a ellos nunca les ha interesado hacer la revolución, solo se sirven de los logros obtenidos. Ellos no pusieron el cuerpo pues tenían mucho qué perder, los otros, los excluidos, los rabiosos y radicales, no tenían nada y lucharon para tener lo mínimo, para sobrevivir.    

            Así que recapitulemos, la película no va sobre los cuerpos disidentes y rabiosos, sino sobre los gays de culo limpio que no desean mancharse las manos. El protagonista de “Stonewall” es Danny Winters (Jeremy Irvine), un niño rubito, de ojos bonitos y cuerpo bien formado, que se ha marchado de casa por la homofobia de su padre, la incapacidad de su madre y el ambiente homofóbico que le rodea. En el colegio se enamora de su compañero de clase. Un chico bien torneado que termina traicionándolo para proteger su imagen varonil. No hay espacio en la provincia para el pequeño Danny, así que se va a la ciudad a probar suerte, un poco a la deriva, un poco con el sueño americano en la mochila. En las calles conocerá a Ray (Jonny Beauchamp), un chico un poco andrógino cuya estética recuerda al movimiento glam (aquí un pelín adelantado a la época, pero poco importa).

            Junto con Ray se encuentra a un grupo de chicos que representan a ese cliché mundano y moralino de lo que es la homosexualidad. Emmerich no da el salto y le cuesta quitarse el cúmulo de prejuicios en los que siempre se ha movido. Dialoga con la imagen del estereotipo: homosexuales tirados a la desgracia por el simple gusto al drama, son inconscientes y ruidosos. Podrían ser un grupo interesante si se explorara a profundidad su personalidad, sin embargo ellos no tienen identidad, son estampas coloridas que decoran el escenario. Sin embargo, por otro lado, la película tiene momentos lúcidos al retratar la noción de fiesta y comunidad en la que viven, todos apretujados en cuartos de hotel, ellos van verdaderamente a la deriva. Si la perspectiva se hubiera figado en este grupo de personas la película sería otra, por ende una más incómoda de ver, porque no va con mensajes consolatorios.

            Por su lado, el personaje principal es la víctima perfecta para tocar la vena más sensible del público. Pues lo que enuncia esta “Stonewall” es que todos quieren salvar al niño bonito, todos queremos ser el niño blanco y bonito, así nos lo vende la industria del cine. Danny es un chico sensible e inteligente cuyo único pecado en la vida es que le gustan otros chicos, la homosexualidad parece una injusticia divina, no una convicción política o revolucionaria, y con esto de trasfondo, lo que nos interesa es salvar a los cuerpos que no parecen tan malos, que “parecen heterosexuales”, que se adaptan a la heteronormatividad, los homonormados. ¿Esto qué quiere decir? Pues que los otros, los afeminados, las lesbianas, los negros, los latinos, los travestis (que apenas aparecen en un par en escenas), los que no son hombres-blanco-readaptables, todos ellos bien se pueden joder, ellos no son agradables a la vista ni fáciles de reapropiar al sistema capital, familiar y legal en el que vivimos. Ellos, los otros, ponen en riesgo al mundo como lo conocemos. Y ni hablemos ya de la presencia de las lesbianas, que apenas aparecen un par en escena y solo una de ellas habla, para pedir que la respeten porque es casada y tiene dos hijos. En efecto la película muestra que tener hijos es lo que te hace respetable, de lo contrario eres otra sucia paria de las calles que no merece respeto.

            Incluso Danny se enamora de Trevor (en piel del sexy actor Jonathan Rhys Meyers), un intelectual pseudo activista que habla mucho y hace poco. Se pinta a este activismo gay como algo oportunista, sin mucho seso más allá de pedir igualdad portándose bien. Es un activismo descafeinado, apolítico, que en más de una ocasión declara sin empacho que es necesario cambiar la mentalidad de todas esas locas de la calle. En voz del personaje no deja se surgir un discurso homófobo y contradictorio: el gay homofóbico que además es enaltecido por el movimiento. Pura esquizofrenia puesta en pantalla. Por supuesto, Trevor representa a ese activismo tan cerrado al que se enfrentaron los verdaderos activistas e intelectuales gays de la época, como Guy Hocquenghem a quien los trotskistas y marxistas le dieron una patada en el culo solo por ser afeminado.

            Para complementar, la policía también es de folletín, hay policías muy malos que gustan de golpear homosexuales, y también muy buenos, que hacen redadas en el Stonewall para detener a los proxenetas que ahí laboran. Aunando de forma automática e inconsciente a la prostitución y la homosexualidad como algo nocivo. Es un discurso muy viejo y además conservador, donde se pintaba a los homosexuales como pederastas. Este es un foco rojo en la película, pues nuevamente se pone al pequeño Danny como un sujeto inocente que puede ser cooptado por Ed Murphy (Ron Perlman), un viejo proxeneta que merca con los cuerpos jóvenes. La simetría entre niño-Danny y pederasta-Ed se asemeja al discurso conservador de cuidar a los niños de los homosexuales, los cuales según este discurso retrógrada, todos son pederastas.

            Pero quizá uno de los delitos más graves de la película es justificar los atentados violentos de la policía hacia el colectivo gay. Se pinta que la policía solo quiere proteger a los usuarios de Stonewall de la red de prostitución. Pues además están investigando el asesinato de otro chico, similar a Danny, quien seguramente fue víctima del viejo proxeneta. Lo que no percibe la película es que nuevamente tiende a la discriminación. La policía investiga la muerte de los cuerpos que para ellos importan: el de los niños blancos, guapos y jóvenes. En este sentido hace quedar mal a la imagen de Stonewall, ya que lo pintan cual tugurio donde los buenos chicos pueden caer en la decadencia e incluso llegar a la muerte.

            Que la decadencia, más allá de las normas moralinas, puede ser bastante reveladora, recreativa y revolucionaria. Pero eso no le interesa a la película, pues lo que ilustra es que hay cuerpos que merecen ser vistos para provocar compasión, que existen vidas específicas por las que vale la pena llorar y niños a los que debemos cuidar de la depravación. Más le vale a Emmerich seguir filmando sobre extraterrestres y desastres naturales, que lo único que enmarca “Stonewall” es pura homofobia disfrazada del cine más comercial.

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Lucio Rogelio Avila
Adicto al cine, el arte, la música, la literatura. También al café. Sufro de sinestesia emocional.

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