Tarareo, lalaleo y cacareo: “La La Land” de Damien Chazelle

Se aproxima la 89 edición de los Oscar y con ella un tempestuoso oleaje de películas sobrevaloradas que dejan en claro la veleta moral en la industria cultural del séptimo arte. Uno de los títulos que ha despertado mayor interés y múltiples cacareos ha sido “La La Land” (2016) de Damien Chazelle, película-pastiche de imitación al cine clásico de Hollywood, rescatable por algunas vestiduras (literalmente, por el vestuario y la dirección artística), así como la química entre sus actores protagonistas: Emma Stone y Ryan Gosling, jóvenes y bonitos, no así con las intenciones del filme en general, que más bien retoma una época del cine norteamericano, del cual el cine actual es heredero pero que difícilmente puede emular.

 Lucio Rogelio Ávila Moreno

 

El cine clásico se desarrolla en Estados Unidos durante los años de 1930 a 1960. Se regía por un código de censura bastante estricto: el código Hays, en el cual se enlistaba aquello que se podía o no mostrar en pantalla, usualmente bajo una mirada conservadora y en búsqueda de las “buenas costumbres” de una sociedad burguesa. En el cine clásico también se sustenta la normatividad del relato: presentación de personajes, conflicto y resolución de la historia, elementos que provienen de la literatura y el teatro griego; sin embargo, durante la plenitud del cine clásico se instaura la norma de cómo deben contarse las historias en la industria del cine, una estructura que heredan los productos culturales en la actualidad.

Se trata de un cine donde las casas productoras seleccionaban minuciosamente al equipo con el que trabajarían: directores, guionistas, actores, nada quedaba al azar, no había espacio para “experimentos caprichosos” o cine de autor (sin embargo, existen directores que logran mantener un estilo personal, como el caso de Orson Welles o George Cukor, algunos más alabados que otros en su época y revalorizados con el tiempo).

Bajo esta estructura se afianzan aún más los géneros cinematográficos que definen el horizonte de expectativas del público, nace la comedia con sus distintas variantes, comedias sobre la guerra de los sexos (screwball), la película de amigos, específicamente amistad entre hombres (buddy movie), el musical, el melodrama (donde los personajes femeninos sufren y expían culpas que en muchas ocasiones ni siquiera les corresponden), incluso Chaplin es el primero en mezclar los géneros con su visionaria “The Kid” (1921) donde advierte al inicio que la película despertará muchas risas y más de una lágrima. En esencia el cine clásico es una industria que genera un público y lo mantiene, atrapando su atención con estructuras preestablecidas en un sistema autorregulado.

“La La Land” no es cine clásico, ha pasado más de medio siglo desde la caída del código Hays, quizá actualmente no sabemos qué otros códigos fácticos (escritos, en papel, inviolables) se encuentren en los arsenales de la industria cinematográfica, sin embargo, podemos percibir los discursos y códigos inmateriales que rodean a la industria cultural. “La La Land” es el ejemplo desesperado por mantener la sonrisa cansada de un país en decadencia, así como la screwball comedy nace y tiene su auge en Estados Unidos durante La Gran Depresión (1930), estos híbridos consolatorios y apolíticos del nuevo siglo, con un pie en la comedia y otro en el melodrama, serán el suero de vida bajo el gobierno de Donald Trump: jodidos pero esperanzados, anacrónicos, en la melancolía de lo que podría haber sido una mejor historia.

La película inicia con unas letras en blanco y negro que dicen “Tecnicolor”, la toma dura apenas un par de segundos para después virar a los colores más llamativos, colores primarios, el azul será un azul rey brillante, el rojo de terciopelo diamantina y el amarillo parece hecho a imagen y medida del Pantone según el cabello anaranjado de Emma Stone. La paleta de color funciona en teoría, ya que el tecnicolor es el proceso por el cual en el cine se comenzó a virar del blanco y negro al color, incluso se ocupaban cámaras especiales con técnicos encargados para la filmación de las escenas en tecnicolor, no era un proceso barato, la icónica “El mago de Oz” (1939) de Victor Fleming, con Judy Garland, juega hábilmente con la llegada de Dorothy a Oz, todo antes de Oz es blanco y negro, al cruzar el umbral de su puerta se revela la fantasía hecha luz y color.

Con estos referentes, el color en “La La Land” también funciona en la práctica, al menos durante la primera media hora del metraje. Impacta y despierta con la canción inaugural “Another Day of Sun”, otro día de sol en la ciudad dorada, Los Ángeles, que sin importar mucho las estaciones del año (primavera, verano, otoño…) siempre hace calor, ¡y qué manera de espabilar el calor! Los personajes de un embotellamiento comienzan a cantar en medio del tráfico, salen de sus autos y bailan sobre el toldos, la primera impresión es que la película desea rebuscar en el musical y la comedia del cine clásico para reapropiarse de ciertas estructuras, incluso lo hace bastante bien hasta determinada instancia del metraje: ella es una mesera aspirante a actriz, él un jazzista incomprendido, un poco amargado pero de buen corazón, demasiado guapos para creer que viven alguna desgracia, pero así funcionaba el musical más optimista del cine clásico, el público desea que a los protagonistas les pasen cosas extraordinarias porque pertenecen a un star-system (el sistema de las estrellas), tan cercanos a nosotros (incomprendidos, trabajadores, con sueños por cumplir), pero tan lejanos (guapos, atractivos, carismáticos y portadores de una extraña buena suerte).

Emma Stone y Ryan Gosling funcionan en pantalla, más por aporte de la actriz, quien a pesar de no cantar nada (nadita, ni un poco) se sonríe y conquista a la audiencia, durante la tercera canción, “Someone In The Crowd”, Stone despliega sus múltiples talentos como actriz: hacernos creer que lo puede todo. Baila con brío algunas coreografías poco complicadas, pero funciona gracias a las tomas que son portentosas. Hay que poner especial atención a la secuencia de la fiesta cuando la cámara se mete hasta la alberca como un bañista más, ¡imposible no sonreír! Los protagonistas no se enamoran a primera vista, esto es un guiño a la screwball comedy, la guerra de sexos, al inicio se detestan un poco, pero sabemos que terminarán juntos, lo deseamos incluso. La película debió enfocarse en esta primera parte donde todo es optimista, no importa que el personaje de Gosling sea osco (guiños al ñoño pero encantador Cary Grant en “Bringing Up Baby” de Howard Hawks) la alegría de ella terminará por inundarlo todo.

Emma Stone no es Rita Hayworth, pero tampoco necesita serlo, al menos no para el público al que va dirigido este collage cinematográfico. El cine se encuentra en un momento comercial tan descocado, tan posmoderno, que el público expectante no sabe ni qué es el cine clásico, ni de dónde viene la construcción de su deseo como espectador. El público se encuentra desencantado, necesitan reír, tener esperanza como los personajes de “La La Land”, esto lo sabe bien Hollywood y su pomposa ceremonia del Oscar, por eso le han dado tanta publicidad.

El problema del proyecto recae en su ambición, la segunda parte del metraje se compromete con el melodrama para complicar la relación de pareja, mancha la fantasía con la cotidianidad, la cual ni siquiera es melancólica, siniestra, horrida o conmovedora, es seca sin más, como un melodrama sin alma. Pasa del sueño al desencanto forzado, Stone se ve pálida, el personaje de Gosling no deja de hacer caretas y de contradecir su esencia de jazzista, la luz se torna verde y mórbida. En un auge pseudo-intelectual el guion sugiere que no todo es canto y música (de igual manera, para ser vendido como musical, falta un registro más amplio de canciones), entre las risas hay lágrimas, solo que Damien Chazelle no es Charles Chaplin. El giro solo revela que estos productos posmodernos no pueden llevar a sus últimas instancias la noción del género clásico, o que quizá el mecanismo convencional ha caducado irrevocablemente. En nuevos tiempos de crisis Hollywood tendrá que pulir el armamento más allá de musicales desinflados, pues lo que inicia como una tonada armoniosa, termina en un cacareo mediático que anuncia lo que podría haber sido una gran película, o al menos una mucho menos larga y más entretenida.

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Lucio Rogelio Avila

Adicto al cine, el arte, la música, la literatura. También al café. Sufro de sinestesia emocional.

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