Surire y la bastedad del territorio en Cinema Planeta

El pasado miércoles 20 de abril del presente año, asistimos a la proyección del documental chileno “ Surire ”, dentro de la Octava Edición del Festival de Cine y Medio Ambiente de México, Cinema Planeta.

twitterfacebook  Lucio Rogelio Ávila Moreno

Surire es un salar que se encuentra entre la frontera de Chile y Bolivia, los camiones de las empresas, en busca de materia prima, visitan asiduamente el paraje árido. Las primeras escenas del documental presentan el panorama amplio, de colores ocres, la imagen se deforma ante la calidez y el vapor que genera el paisaje. Las tomas se embellecen al aunarse a la actividad contemplativa del espectador, sin embargo con el paso de los minutos vamos conociendo los distintos personajes que ahí viven: ancianos transitando entre las rocas cuyos pies se encuentran dañados por el cuarteamiento de la carne, hasta que la sangre se presente, ya sea en el andar o al desollar un cabrito, el cansancio se hace presente, la naturaleza no es amistosa. La primera imagen del paisaje se diluye, no estamos para romanticismos.

Surire y la bastedad del territorio en Cinema Planeta.

Existen dos imágenes con las cuales el arte en Latinoamérica ha tenido que dialogar desde el día de la conquista y la colonización. En primera instancia la noción “del otro”, de la barbarie o el buen salvaje bordada por el imaginario europeo; posteriormente se encuentra la del paisaje idílico, el edén perdido donde la bastedad del territorio y la explotación de recursos representaron una gran esperanza para el extranjero. Ya fuera para los representantes de la modernidad, con sus ideas de conquista sobre lo salvaje y la naturaleza, en pro del avance tecnológico y social; así como para los románticos que buscaban en nuevas tierras la posibilidad de huir de las grandes ciudades europeas, adentrarse en la naturaleza y generar una renuncia. América ha representado durante siglos, para Europa, una tentadora idea del otro, donde lo exótico o prohibido predomina, tierra salvaje con horizontes por resolver, habitantes conectados de forma mística a la naturaleza, eximidos de una moral conservadora.

Ante esta noción de la cual la industria del cine es heredera, el documental pone en manifiesto el desencanto de una sociedad desmedida, donde las promesas de la modernidad y el avance nunca llegaron, sus habitantes han sido olvidados, aún así sigue vigente el paisaje como avistamiento de la bastedad del territorio, lo inconmensurable, el territorio inclemente ante la mirada ajena, lo exótico se ha deslavado con la conciencia generada durante siglos.

“Surire” de Bettina Perut e Iván Osnovikoff no cae en trampas publicitarias o falsos exotismos, el salar es tan atractivo como voraz, por aquí no pasó el tren ni llegaron los avances tecnológicos, incluso se ha convertido en zona protegida bajo el titulo de Monumento Natural, para así evitar cualquier intervención. Los camiones de carga transitan sin descanso, los manejan conductores anónimos, sin rostro, se llevan montones de sal, la sal de la tierra para conservar las demandas de un mundo civilizado que le es tan ajeno a Surire y sus habitantes.

Durante el metraje vemos a un grupo de personas, la mayoría de la tercera edad de origen aymara, realizan sus tareas diarias: un señor pide por el intercomunicador la despensa, en tono pausado, casi deletrea que necesita fósforos. En una toma exquisita se percibe su silueta a contraluz, escuchamos la voz y los encargos, al fondo desfilan lentamente los camiones, los vemos tras el cristal, por la ventana. Realidades que apenas se rozan, tan cerca pero tan lejos. Los habitantes de Surire no tienen contacto con el producto que les rodea, ni se benefician de la explotación del salar. La maquinaria no para, ni de noche, ni de día. Los camiones vienen y van, los lugareños se quedan.

También se encuentra una señora que apenas puede mantener el equilibrio al cortarle el pelo a su perro, se cansa frente a la titánica tarea de desollar una cría de cabrito, “es el demonio, el demonio me está cansando”, dice entre dientes. El demonio quizá de la vejez sin descanso, aquí no hay fecha de jubilación, no hay miradas románticas de la vida en la naturaleza, ni un descanso idílico, solo trabajo duro y constante bajo el sol. En el ardoroso paisaje se acerca un niño boliviano al que le han dicho que los dueños tienen una bicicleta para vender, la idea es tentadora, el vehículo representa una ágil movilidad bajo el descampado solar.

En “Surire” no hay presentación de los eventos que se desperdicie, incluso las líneas entre documental y ficción se desdibujan, podría ser una película del nuevo cine latinoamericano con trama mínima pero de gran calado, con interés social y denuncia implícita. Las metáforas se despellejan hasta quedar en los huesos, quizá no hay metáfora, solo presentación de los hechos. Los pies de sus habitantes relatan la hostilidad del territorio e incluso se presenta más de un giro desconcertante sobre los protagonistas. Las tomas son paulatinas, distendidas, como el tiempo mismo, la cámara capta el entorno con una noción impresionista, se distorsiona el paisaje a merced de la luz y el calor. Algunas secuencias se realizan tan cerca a los rostros sin presentirse invasivas, hay comunión entre los directores y su tema de estudio.

Los directores del documental, Bettina Perut e Iván Osnovikoff, logran un trabajo hipnótico, falto de cualquier mancha exótica, no creen en las promesas de la tecnología, estamos en pleno siglo XXI y sabemos hacia dónde nos ha llevado la presencia del hombre sobre la naturaleza, tampoco se ponen panfletarios, ni romantizan la mirada, pues la naturaleza puede ser devastadora en su cotidianeidad. Lo que era al paisaje europeo un registro del nuevo mundo, es al documental en Latinoamérica la noción de nuestra realidad. “Surire” surca con habilidad los tópicos en torno al tema, sin efectismos, sin posturas fáciles. Cabe buscar el trabajo previo de los realizadores: “Un hombre aparte” (2002), “Welcome to New York” (2006), “Noticias” (2009) y “La muerte de Pinochet” (2011).

 

 

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Lucio Rogelio Avila

Adicto al cine, el arte, la música, la literatura. También al café. Sufro de sinestesia emocional.

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