La bruja: El íncubo de los puritanos

“ La bruja ” de Robert Eggers (2015) ha generado, inicialmente, una controversia más bien superficial que va sobre los avatares del género cinematográfico y la industria cultural. Los espectadores, tan apegados a la disección de los géneros del cine, esperaban una película de suspenso o terror con golpes de efecto más bien coreografiados, que les hicieran saltar del susto o mínimo, llevarse a casa algún sobresalto aderezado por los elementos fácilmente reconocibles del cine de terror más comercial. La idea viene desde el propio corto comercial de la película: un bebé desaparece, el bosque amenaza a lo lejos, una familia aislada, una cabra negra parece bailar frente a cámara. El trailer vende ¡y qué mejor!, de eso va su trabajo, ser espectacular y llamar la atención del público.

facebook twitter Lucio Rogelio Ávila Moreno

La película por otro lado no es lo que promete el corto, lo cual también se agradece. Eggers se desapega de los tópicos comerciales del cine de terror, para plantear en el escenario más ascético la historia de una familia calvinista atormentada por el pecado y la culpa, la brujería bien pertenece al imaginario de la época, pero no es la protagonista ni por asomo. Incluso la metáfora del filme funciona sin la intervención de las pocas escenas fantásticas y por lo tanto explícitas. La mayor valía de la historia recae en la sencillez del relato y la puntualidad para narrar con la herramienta audiovisual, hacer cine.

La historia inicia cuando un padre de familia comparece frente a un juzgado Calvinista, un grupo de puritanos protestantes, en una sociedad donde no hay una legislación clara más allá de las creencias religiosas que rayan en el fanatismo. Desde la primera secuencia se narra la expulsión, o la renuncia, de la tierra prometida. Como el pueblo de Moisés vagando en el desierto por cuarenta años, o Cristo en el desierto tentado por Satanás, esta familia de puritanos (marido y mujer, con cuatro hijos), irán al exilio y con él se avecinará los pequeños roces, la reducción de una sociedad estricta moralmente, la opresión llevada a la histeria.

La historia se centra en los avatares de una familia sofocada por los roles que les han asignado: un padre incapaz de cuidar a su familia (ni cosecha, ni caza, solo corta madera) e induce a sus hijos al pecado, aún cuando sea pequeña la transgresión, como una mentira piadosa; la madre histérica que no ve correspondida su fe y además percibe en su hija una amenaza; a la niña le crecen los pechos por mero tránsito de la infancia a la temida feminidad, realiza las labores domésticas y pierde a su hermano menor, ¿quién se lo ha llevado? El bosque omnisciente asecha los límites del paraje, la naturaleza amenaza y al hermano le asecha el deseo sexual, apenas insinuado en un escote que no revela mucho. Los niños más pequeños hablan con una cabra negra. En esencia todo es simbólico, escenas que cobran significado al paso del metraje, envueltas en lo siniestro, entre la delicada línea de la realidad y la fantasía, de la creencia llevada al extremo y sin golpes efectistas. Asolada la familia en un paraje árido, alejado de Dios o del Diablo, ellos gestan sus propios demonios regidos por la intolerancia de un fanatismo religioso y una vida imposible.   

La intervención de la música de Mark Korven es mínima, pensada, recuerda en algún momento a las voces que se escuchan en películas como “Suspiria” o “Inferno” de Darío Argento, esas brujas que suspiran a la distancia, pero se encuentran más cerca de lo esperado. La dirección de arte corresponde a una atmósfera cuidada, cada objeto significa, así como la fotografía de Jarin Blaschke, no hay plano caprichoso. La idea de la bruja se expone como el cuerpo de una feminidad aterradora, desde la suculenta sensualidad que evoca al demonio, hasta la temida vejez, cuando el cuerpo femenino envejece suscita sospechas y por lo tanto es peligroso, incomoda. Es la bruja heredera del “Malleus Maleficarum” y el rigor de sus inquisidores.

Los espectadores saltarán ante los cuerpos desfigurados por la edad, presentaciones más honestas y auténticas de lo que están acostumbrados a ver, y que para su apreciación se encuentran ilustrados en cualquier libro de arte. Muchas representaciones se han negado en el séptimo arte, la píldora se les aligera en la industria del cine y buscan una resolución fácil. En “La bruja” no hay concesiones consolatorias, incluso guiña a los fanáticos religiosos que van al extremo, los hay, y también los hay parias, brujas, periferias aterradoras para esta sociedad conservadora en la que vivimos, incomprensible para la mayoría de los espectadores que no han sabido unir las piezas.

Para profundizar en el tema, sobre todo la representación de la bruja en las artes y el cine, recomiendo ampliamente el libro de ensayo “Brujas, sapos y aquelarres”, editado por Valdemar, escrito por Pilar Pedraza, una experta en los temas de ultratumba, historiadora del arte y también novelista de temas fantásticos, su última novela “Lobas de Tesalia” es un péplum literario sobre la brujería en la Roma imperial.

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Lucio Rogelio Avila

Adicto al cine, el arte, la música, la literatura. También al café. Sufro de sinestesia emocional.

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