Del cómic y su transposición a la industria del cine

En las salas de cine nos ahogamos entre adaptaciones del cómic, pero no cualquier tipo, sino el gringo destinado a los traumas e historias de superhéroes, con su noción casi mesiánica de salvar a la humanidad y derrumbarse ante la imposibilidad de ser aceptados por el mundo en donde viven. 

twitter facebook  Lucio Rogelio Ávila Moreno

La cuestión se presentó atractiva a inicios del milenio con los “X-Men” (2000) de Bryan Singer, estos mutantes como parias del mundo, muy adecuado al síndrome adolescente y pospuberto que muchos aún sufrimos: somos los otros, los excluidos y odiados por la cultura dominante, sin embargo debemos luchar por un futuro en conjunto.

Del cómic

Este fue el renacer de los trajes entallados y cierta ideología gringa aún no tan acentuada (ya existía el Superman de Christopher Reeve y el Batman de Tim Burton). Los X-Men buscaban la inclusión de los mutantes en una sociedad que discrimina ante la menor provocación. Era una película “con acción, más no de acción” según las palabras de Singer. Había mucho seso sin pretensión, entretenimiento puro, inteligencia en la economía visual y por ende también en el argumento (evitaban las grandes explosiones, masacres en ciudades, se apegaron a un daño inmaterial con ondas que modificarían la estructura de los humanos promedio, para convertirlos también en mutantes), estaba Ian McKellen con capa (actor irresistible) y Hugh Jackman descamisado en el papel que le catapultaría al star-system.

Por su lado el “Spider-Man” (2003) de Sam Raimi y Tobey Maguire era bobo y chabacano, patoso y cómico como las películas del mismo Raimim, y no en el mal sentido, cargaban con cierta aura de ingenuidad, aunque prefabricada funcionaba, el problema es que la franquicia se llevo al máximo absurdo y cayó en el ridículo. No se podía mantener la frescura por mucho tiempo. Sin embargo con Maguire los perdedores se pusieron a la vanguardia, siempre lo han estado, pero vienen y van según el oleaje caprichoso de Hollywood.

La cuestión se fue complicando con la adaptación de Batman de Christopher Nolan, su caballero oscuro que apuntala a una supuesta complejidad psicológica del personaje principal (o lo que esto signifique), el Joker de Heath Ledger inspiró chorros de tinta sobre un supuesto anarquismo auténtico, lo que muchos siempre olvidan es que se trata de productos culturales deudores de una industria llamada Hollywood. Más interesante siempre es investigar el fascismo que representan estos héroes, así como los discursos que avalan; paralela se estrenó “Iron Man” de Jon Favreau, con Robert Downey Jr. en piel de Tony Stark, personaje en constante estado de redención a punta de sarcasmo. Los súper héroes se reinventaron, la vena reivindicativa de un pasado oscuro cuestionaron las dicotomías del bien y el mal. El pasado les condena, ¿el ayer nunca termina?

Más bien, el mañana nunca llega. Las películas de súper héroes, al paso de los años, han dejado de ser productos cerrados en sí mismos, se convierten en relatos de paso, productos en transición, no se conciben como productos en sí mismos, son redes y entramados no tan complicados para enlazar proyectos posteriores, el hit actual de la industria cultural; lo mismo acontece con las sagas literarias, el negocio consiste en paralizar el tiempo en un eterno limbo donde nada cambia y la historia avanza más bien poco. Esto también se aplica a las franquicias televisivas, temporadas enteras de “Game of Thrones” donde el relato se retuerce sin llegar a nada. Este limbo les encanta a los espectadores.

Del cómic, el cine se ha apropiado astutamente del eterno “continuará”. Marvel ha dado con la clave: varios personajes y películas introductorias para después mezclarlos en una mega-producción, así como periferias en trilogías de la misma franquicia o series para la televisión. “The Avengers” (2012) de Joss Whedon es el gran producto cultural de la industria del cine, supo adaptar el estilo trepidante de la acción y el montaje propio del cómic, unió los personajes sueltos bajo el capricho de Loki (el sexy dios Tom Hiddleston), limaron asperezas y destruyeron media ciudad en pro del bien común. Prometió una secuela disfrazada de mega-producción que al final solo fue otra película de transición.

“Avengers: Age of Ultron” (2015) definió nuevamente que algunos son monstruos irredentos como el avejentado Tony Stark, otros verdes, machos y salvajes, como Hulk (pero mi amor, ¿qué pasó cuando perdí el control?), algunos más son hembras incapaces de reproducirse, el caso de la Viuda Negra de Scarlett Johansson, la actriz femme fatale posmoderna por excelencia, aquel concepto que hiló Lipovetsky de la “posmujer” (ni buena, ni mala, ni devoradora de hombres, ni casada, de buen corazón pero inaccesible; ha sido encarnado por la actriz en la última década hasta el hartazgo). Se unió Vision al equipo, así como la Bruja Escarlata (con complicaciones propias de los X-Men, un personaje extranjero, que no puede controlar sus poderes, problemas de aceptación), se reafirmó el discurso dominante de Estados Unidos como salvadores del mundo y la Unión Soviética cual madre de todos los males (¿quién dijo que la caza de brujas y la guerra fría han terminado? Sus ideologías dejan resquicios difíciles de quitar). El Capitán América es el hombre americano ideal y Hawkeye un padre ejemplar. Algunas películas, como los capítulos de las series para la televisión, funcionan para conocer mejor a los personajes. Ultrón fue un problema circunstancial, otro rito de paso.

Ahora llega la triada “Deadpool”, “Batman v. Superman: Dawn of Justice” y “Captain America: Civil War”. La primera como aspaviento desesperado por romper ciertos estándares y llevar al antihéroe al total absurdo, por aquí a mediados de la segunda década del milenio el cine busca borronear e invertir papeles dicotómicos a favor de malo no tan malo y el bueno no tan puro, “las circunstancias mandan”, “los malos también son entrañables” recita “Suicide Squad” desde el escaparate. Aspectos que la literatura ha llevado al límite quizá desde más de cincuenta años atrás.

Batman contra Superman es una tirada de DC por hacer su Liga de la Justicia similar a Los Vengadores, pero con apenas una trilogía previa de Superman como introducción y sin películas de transición, por ahí los errores en la producción se notan incluso en la edición de la historia porque no existir un referente firme más allá del imaginario popular. Estos machos alfa no hablan entre ellos, sus problemas personales se revisten de civilidad y pelean para instaurar su propio orden fascista. La Mujer Maravilla sale del autoexilio, como personaje complementario, porque decide que quizá tenga alguna responsabilidad con la humanidad.

La tercera propuesta, con Iron Man y el Capitán América, comparte la lógica de Batman y Superman pero con mejor carrocería, el relato se reviste de un entretenimiento más sesudo, mejor planteado porque han tendido una red de relatos para respaldar las decisiones de sus personajes. Sin embargo las reducciones son las mismas, con problemas materno-filiales, la pérdida, la redención, el orgullo o en el caso más afortunado, la amistad. Los intereses son más bien básicos pero entretienen, aunque ideológicamente sean peligrosos y políticamente correctos. En una paradoja, los protagonistas de estos filmes buscan el bien mayor para la ciudadanía, pero lo único que buscan son sus intereses personales, humanos al final de cuentas. El único personaje con decencia es Bucky, el Soldado del Invierno, quien honestamente ejerce una renuncia, sabedor del peligro que representa para la humanidad.

Por supuesto la industria del cine jamás claudicará ante tal renuncia, el público que ha moldeado al paso de poco menos de dos décadas, le pide más sagas y es lo que tendremos. La taquilla manda. Algo está pasando para que deseemos ver superhéroes hasta en la sopa, ¿qué pasa con nosotros y nuestra degradación como público?, ¿hasta dónde llegarán estas transposiciones del cómic?, ¿qué otras reinvenciones buscará la industria?

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Lucio Rogelio Avila

Adicto al cine, el arte, la música, la literatura. También al café. Sufro de sinestesia emocional.

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